Acerca de

‘Abdu’l-Bahá (1844-1921)

Desde Su primera infancia, ‘Abbás Effendi, hijo mayor de Bahá’u’lláh, compartió los sufrimientos y destierros de su padre. Tomó como título “‘Abdu’l-Bahá”, el “Siervo de Bahá”. Bahá’u’lláh le nombró el único intérprete autorizado de las enseñanzas bahá’ís y la Cabeza de la Fe tras su propio fallecimiento. En ‘Abdu’l-Bahá se ve un ejemplo perfecto del modo de vida bahá’í.

Mientras ‘Abdu’l-Bahá era aún prisionero de los otomanos, llegaron los primeros peregrinos bahá’ís del mundo occidental a Acre en 1898. Tras su liberación en 1908, ‘Abdu’l-Bahá comenzó una serie de viajes que entre 1911 y 1913 le llevarían a Europa y América. Allí proclamó el mensaje de Bahá’u’lláh de unidad y justicia social a congregaciones eclesiásticas, sociedades pacifistas, miembros de sindicatos, facultades universitarias, periodistas, oficiales del gobierno y a todo tipo de público.

‘Abdu’l-Bahá falleció en 1921, habiendo consolidado los cimientos de la Fe bahá’í y expandido enormemente su alcance. Está enterrado en las habitaciones septentrionales del Santuario del Báb, siendo éstas un lugar de peregrinaje para los bahá’ís que visitan el Centro Mundial de su Fe.

El Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh

El 29 de noviembre de 1921, diez mil personas –judíos, cristianos y musulmanes– de todas las confesiones y credos se reunían en el Monte Carmelo, en la Tierra Santa, para rendir su postrer homenaje a un ser celebrado como la esencia de la virtud y la sabiduría, del conocimiento y la generosidad. En aquella ocasión, ‘Abdu’l-Bahá –hijo de Bahá’u’lláh y Su Sucesor escogido– fue descrito por una destacada figura judía como el ejemplo en vida del sacrificio; por el orador cristiano como la persona que había guiado a la humanidad hacia el sendero de la Verdad; y por un eminente dignatario musulmán como un pilar de la paz y la encarnación de la gloria y la grandeza. De acuerdo con un observador occidental, el funeral atrajo a una muchedumbreapenada por Su muerte, pero feliz al mismo tiempo por el testimonio de Su vida.

Desde Oriente a Occidente, ‘Abdu’l-Bahá fue reconocido como un embajador de la paz, un defensor de la justicia y la figura señera de la nueva Fe. En virtud de una serie de históricas travesías que Le llevaron por Norteamérica y Europa, ‘Abdu’l-Bahá proclamó de palabra y obra, con fuerza y persuasión, los principios esenciales enunciados por Su padre. Al afirmar que el amor constituye la ley más grande, que dicha virtud es el basamento de la verdadera civilización y que la necesidad suprema de la humanidad radica en la colaboración y la reciprocidad entre sus gentes, ‘Abdu’l-Bahá logró llegar a las autoridades y a los humildes por igual y, a decir verdad, a cualquier alma que se cruzó por Su camino.

Un comentarista americano escribió a este respecto:

Encontró que una audiencia amplia y favorable esperaba a recibirle personalmente y a recibir de labios Suyos un mensaje de amor y espiritualidad. […] Más allá de las palabras habladas había algo indescriptible en Su personalidad que impresionaba a quienquiera que lograba estar en Su presencia. El turbante de Su cabeza, la barba patriarcal, esos ojos que parecían traspasar el límite de los sentidos y del tiempo, la voz suave y aun así claramente penetrante, la diáfana humildad, el amor que nunca falla, -pero sobre todo, la sensación de poder entremezclada de gentileza que investía Su ser con una rara majestad de exaltación espiritual que Le hacían destacar y que, no obstante, Le hacían atractivo incluso para la más modesta de las almas, todo esto, y mucho más que nunca podrá definirse, fue lo que dejó entre Sus muchos […] amigos, recuerdos que son inefables e inexplicablemente preciosos.

Sin embargo, a pesar de Su magnética personalidad y de Su penetrante comprensión de la condición humana, tales rasgos no alcanzan a describir la estación única que ‘Abdu’l-Bahá ocupa en la historia religiosa. En palabras del propio Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá era el Depósito de Dios, un refugio para toda la humanidad, el mayor Favor y el Misterio antiguo e inmutable de Dios. Los escritos bahá’ís afirman además que “en la persona de ‘Abdu’l-Bahá se combinan y armonizan de forma acabada los rasgos de una naturaleza humana y de un conocimiento y perfección sobrehumanos”.

La irresolución de la cuestión sucesoria, que tan crucial papel ha desempeñado en todas las religiones, ha conducido inevitablemente a la división interna. Por ejemplo, la ambigüedad que rodeó el nombramiento de los verdaderos sucesores de Jesús y Muhammad, abocó a interpretaciones divergentes de las sagradas Escrituras y originó un reguero de discordias en la cristiandad y el islam. En contraste, Bahá’u’lláh previno el cisma al establecer unas bases inatacables mediante las disposiciones contenidas en Su Testamento (literalmente “El Libro de Mi Alianza”). En él se puede leer:

Cuando el océano de Mi presencia haya menguado y haya tocado a su fin el Libro de Mi Revelación, volved vuestros rostros hacia Aquel a Quien Dios ha designado, Quien ha brotado de esta Antigua Raíz. El objeto de este sagrado versículo no es nadie más que la Más Grande Rama [‘Abdu’l-Bahá].

El nombramiento de ‘Abdu’l-Bahá como sucesor Suyo fue el medio para la difusión de un mensaje de esperanza y paz universal y para la realización de la unidad esencial de todos sus pueblos. Al referirse a ‘Abdu’l-Bahá, Bahá’u’lláh escribió: La gloria de Dios descanse sobre Ti, y sobre quienquiera que Te sirva y Te rodee. Que la desgracia, una gran desgracia, se abata sobre quien se oponga y Te haga daño. Y el bien sea sobre quien Te jure lealtad. ‘Abdu’l-Bahá fue el Centro de la Alianza de Bahá’u’lláh, esto es, el instrumento para garantizar la unidad de la comunidad bahá’í y con que salvaguardar la integridad de las enseñanzas de Bahá’u’lláh.

En Su calidad de intérprete autorizado de las enseñanzas de Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá se convirtió en la voz viviente del Libro, el exponente de la Palabra. Sin ‘Abdu’l-Bahá, el enorme poder creativo de la Revelación de Bahá’u’lláh no hubiera podido transmitirse a la humanidad, ni su significado hubiera podido ser cabalmente comprendido. ‘Abdu’l-Bahá clarificó las enseñanzas de la Fe de Su Padre, amplió Su doctrina, delimitó los rasgos centrales de sus instituciones administrativas. Fue Él la guía infalible y el arquitecto de una comunidad en ebullición. Además, quedó investido por Bahá’u’lláh con las virtudes de perfección en lo personal y en el trato a fin de que la humanidad pudiera disponer de un ejemplo duradero que emular. Como ejemplo perfecto de las enseñanzas de Bahá’u’lláh y Eje de Su Alianza, ‘Abdu’l-Bahá Se convirtió en el medio incorruptible para trasladar la Palabra a medidas prácticas con que erigir una nueva civilización.

Bien mirado, se hace evidente que Bahá’u’lláh había preparado cuidadosamente a ‘Abdu’l-Bahá para la sucesión. ‘Abdu’l-Bahá nació el 23 de mayo de 1844, la misma noche en que el Báb había inaugurado el comienzo de un nuevo ciclo en la historia religiosa. De niño, sufrió con Su Padre las persecuciones que se cebaron en los babíes. Contaba ocho años de edad cuando Bahá’u’lláh fue encarcelado por causa de Su papel como defensor y figura señera de la Fe bábí. Acompañó a Bahá’u’lláh en todos Sus exilios desde Persia hasta la capital del Imperio Otomano, y finalmente hasta Palestina. Con los años ‘Abdu’l-Bahá Se convirtió en el compañero más cercano de Bahá’u’lláh y Su representante principal ante las autoridades religiosas y políticas de entonces. La extraordinaria disposición para la jefatura demostrada por ‘Abdu’l-Bahá, así como Su conocimiento y servicio reportaron enorme prestigio a la comunidad bahá’í de exiliados. A la muerte de Bahá’u’lláh, ocurrida en mayo de 1892, ‘Abdu’l-Bahá asumió la máxima autoridad como Cabeza de la Fe bahá’í.

En 1911, después de cuarenta años de encarcelamientos y penalidades, ‘Abdu’l-Bahá emprendió una travesía que Le permitió presentar en Occidente, con simplicidad y brillantez, tanto al encumbrado como al humilde, los remedios que Bahá’u’lláh había prescrito para la renovación moral y espiritual de la sociedad. Esta llamada de Dios –afirmaba ‘Abdu’l-Bahá– […] insufló una nueva vida en el cuerpo de la humanidad, e infundió un nuevo espíritu en toda la creación. Por esta razón el mundo se ha sentido conmovido hasta lo más hondo y han revivido los corazones y conciencias de los hombres. Pronto las evidencias de esta regeneración serán reveladas, y los que duermen profundamente serán despertados.

Entre las verdades vitales que ‘Abdu’l-Bahá proclamó sin tregua, ante la intelectualidad y ante innumerables grupos y gentes en general, se encuentran las siguientes:

La búsqueda independiente de la verdad, descargada de supersticiones y tradiciones; la unidad de toda la raza humana, el principio axial y doctrina fundamental de la Fe; la unidad básica de todas las religiones; la condena de todas las formas de prejuicio, ya sea religioso, racial, de clase o nación; la armonía que debe existir entre la religión y la ciencia; la igualdad del hombre y de la mujer, las dos alas que permiten a la humanidad remontar vuelo; la introducción de la educación obligatoria; la adopción de un lenguaje universal auxiliar; la abolición de los extremos de riqueza y pobreza; la institución de un tribunal mundial para la resolución de contenciosos entre las naciones; la exaltación del trabajo, cuando se realiza en espíritu de servicio, al rango de adoración; la glorificación de la justicia como principio rector de la sociedad, y de la religión como baluarte para la protección de todos los pueblos y naciones; y el establecimiento de una paz universal y permanente como meta suprema de toda la humanidad.

Una y otra vez ‘Abdu’l-Bahá afirmó que Él era un heraldo de paz y reconciliación, un abogado de la unidad de la humanidad, y un vehículo por el que se llama a la humanidad al Reino de Dios. A pesar de la receptividad y recibimiento que Se Le dispensó, ‘Abdu’l-Bahá en todo momento hizo ver cuál era Su propia estación y cuál la verdadera Fuente de Su pensamiento. En una carta dirigida a Sus seguidores de Norteamérica escribió:

Mi nombre es ‘Abdu’l-Bahá [literalmente el Siervo de Bahá]. Mi cualificación, ‘Abdu’l-Bahá. Mi realidad es ‘Abdu’l-Bahá. Mi alabanza, ‘Abdu’l-Bahá. La esclavitud ante la Bendita Perfección [Bahá’u’lláh] es Mi gloriosa y refulgente diadema, y la servidumbre ante toda la raza humana Mi religión perpetua […] Ningún nombre, ni título, ni mención, ni recomendación poseo, ni poseeré, excepto la de ‘Abdu’l-Bahá. Éste es Mi anhelo y éste es Mi mayor deseo. Ésta es Mi vida eterna. Ésta es Mi gloria sempiterna.