Bahá’u’lláh (1817-1892)

La vida de Bahá’u’lláh

Abril, 1863. Las calles de Bagdad nunca habían presenciado tal escenario: hombres y mujeres, jóvenes y viejos de toda condición reunidos en la vía pública que conducía a las orillas del Río Tigris, para despedir en lágrimas a Alguien que se había convertido en su amigo, su consolador y su guía.

Desterraban a Mírzá Husayn-‘Alí, conocido como Bahá’u’lláh, de entre ellos. Siendo un seguidor destacado del Báb, cuyas enseñanzas se habían extendido por Persia dos décadas antes, Bahá’u’lláh había renunciado a la vida privilegiada en la cual había nacido, aceptando más bien el encarcelamiento y el exilio por el resto de Sus días.

Sin embargo, en este día en particular, la angustia de Sus seguidores pronto se transformaría en esperanza cuando Bahá’u’lláh anunciara lo que muchos de ellos imaginaban – Él era el gran Educador Divino anunciado por el Báb, el iniciador de una nueva era en la historia en la que las tiranías e injusticias del pasado darían lugar a un mundo de paz, justicia y unidad entre las naciones.

La “Divina Primavera”, anunció inequívocamente, había llegado.

Vida temprana

Nacido en Teherán, Irán, el 12 de noviembre de 1817, Mírzá Husayn-‘Alí disfrutó de todas las ventajas que confería un nacimiento noble. A pesar de poseer poca educación formal, se distinguió a una edad muy temprana por Su sabiduría.

La ciudad de Teherán, Irán, donde nació Bahá’u’lláh.

Siendo ya un hombre joven, en vez de dedicarse a una carrera al servicio del gobierno como había hecho Su padre, Mírzá Husayn-‘Alí decidió dedicar sus energías, junto a Su esposa, al cuidado de los pobres. Luego de Su aceptación de la religión del Báb, la vida cambió para siempre para el joven noble y Su familia.

Aunque nunca se habían conocido personalmente, desde el momento en que Mírzá Husayn-‘Alí escuchó del mensaje del Báb, declaró su creencia de todo corazón en él y dedicó toda Su energía a promoverla.

En 1848, Mírzá Husayn-‘Alí patrocinó una reunión importante de los seguidores del Báb, en la que se afirmaba la naturaleza independiente de la nueva religión. De allí en adelante fue conocido como Bahá’u’lláh, que significa la “Gloria de Dios” en árabe. A medida que crecía la comunidad, así también aumentaba la oposición feroz que provocaba. Cuando trescientos bábíes buscaron refugio en un santuario desierto llamado Shaykh Tabarsí, Bahá’u’lláh salió para unirse a ellos, pero fue arrestado y golpeado.

En 1850, el Báb fue ejecutado públicamente. Luego de la matanza de la mayoría de los seguidores prominentes del Báb, muy pronto se hizo evidente que era a Bahá’u’lláh que los bábís restantes debían volverse.

Revelación divina

En 1852, Bahá’u’lláh fue acusado falsamente de ser cómplice del atentado contra la vida del Násiri’d Dín Shah, el Rey de Irán. Cuando la orden de detención fue emitida en Su contra, El salió a enfrentar a Sus acusadores, para gran asombro de los encargados de arrestarlo. Le llevaron, descalzo y encadenado, por las calles repletas hasta una mazmorra subterránea, conocida como el “Pozo Negro”.

Por un tiempo la mazmorra había sido un reservorio para un baño público. Dentro de sus muros, los prisioneros languidecían en esa atmósfera fría y pestilente, sujetados juntos por una cadena insoportablemente pesada que dejó sus huellas en el cuerpo de Bahá’u’lláh para el resto de Su vida. Fue en este entorno sombrío que ocurrió nuevamente uno de los eventos más excepcionales y atesorados: un mortal, en apariencia humano en todo sentido, había sido escogido por Dios para llevar un nuevo mensaje a la humanidad.

Esta experiencia de la Relevación Divina, mencionada solo indirectamente en los relatos que perduran acerca de las vidas de Moisés, Jesús y Muhammad, está descrita en las propias palabras de Bahá’u’lláh: “Durante los días que pasé en la prisión de Teherán, a pesar de que el mortificante peso de las cadenas y la atmósfera hedionda Me permitían solo un poco de sueño, aun en aquellos infrecuentes momentos de adormecimiento, sentía como si desde la corona de Mi cabeza fluyera algo sobre Mi pecho, como un poderoso torrente que se precipitara sobre la tierra desde la cumbre de una gran montaña…. En esos momentos, Mi lengua recitaba lo que ningún hombre soportaría oír”.

Exilio a Bagdad

Una vista moderna de la casa de Rida Big, la residencia durante un año de Bahá’u’lláh en Adrianópolis. La mezquita de Sultán Salim se ve en un segundo plano.

Después de cuatro meses de intenso sufrimiento, Bahá’u’lláh fue liberado y desterrado para siempre de Irán, Su tierra natal. Él y Su familia fueron enviados primero a Bagdad –ahora parte del actual Iraq. Allí los restantes seguidores del Báb recurrían cada vez más a Bahá’u’lláh para obtener guía moral y espiritual. La nobleza de Su carácter, la sabiduría de Su consejo, la bondad que derramaba sobre todos y las crecientes pruebas de la grandeza sobrehumana en Él, revivieron a la comunidad oprimida.

El surgimiento de Bahá’u’lláh como su líder despertó cada vez más los celos de su ambicioso medio hermano menor, Mírzá Yahyá. Así fue como, para dejar de ser motivo de tensión, Bahá’u’lláh salió para las montañas de Kurdistán, donde permaneció durante dos años, contemplando Su propósito divino. Su retiro evocaba la retirada de Moisés al Monte Sinaí, los días de Cristo en el desierto y el retiro de Muhammad a las colinas de Arabia.

Pero aun en esta región remota, se había difundido la fama de Bahá’u’lláh. La gente escuchó que un hombre de gran sabiduría se encontraba allí. Cuando estas historias llegaron a Bagdad, los bábíes adivinaron la identidad de Bahá’u’lláh y despacharon una misión a suplicarle que regresara.

Residente una vez más en Bagdad, Bahá’u’lláh revitalizó a los seguidores del Báb; creció la talla de la comunidad y Su reputación se difundió aun más. Compuso tres de Sus obras más renombradas durante ese tiempo –las Palabras Ocultas, los Siete Valles y el Libro de la Certeza (Kitáb-i-Iqán)– y aunque los escritos de Bahá’u’lláh aludían a Su estación, no había llegado el momento todavía de hacer un anuncio público.

Conforme se extendía la fama de Bahá’u’lláh, la envidia y la malicia de algunos miembros del clero se reavivaba. Elevaron protestas al Shah de Irán para que le pidiera al Sultán otomano trasladar a Bahá’u’lláh más lejos de la frontera de Irán. Se decretó entonces un segundo exilio.

A fines de abril de 1863, poco antes de salir de Bagdad para Constantinopla (hoy conocida como Estambul), Bahá’u’lláh y Sus compañeros pasaron doce días en un jardín que Él denominó Ridván, que significa “Paraíso”. Allí, en las orillas del Río Tigris, Bahá’u’lláh declaró ser el que había anunciado el Báb –el Mensajero de Dios para la edad de la madurez colectiva de la humanidad– pronosticado en todos los escritos sagrados del mundo.

Destierros adicionales

Tres meses después de salir de Bagdad, Bahá’u’lláh y los demás exilados llegaron a Constantinopla. Permanecieron allí solo cuatro meses antes de que otro exilio les llevara a Adrianópolis (Edirne), un viaje agotador emprendido durante el más frío de los inviernos. En Adrianópolis, el sitio donde habían sido alojados, los dejó crudamente expuestos a las temperaturas glaciales.

Bahá’u’lláh se refirió a Adrianópolis como la “remota prisión”. Sin embargo, a pesar de las condiciones inhóspitas bajo las cuales fueran obligados a vivir los exiliados, de la pluma de Bahá’u’lláh siguieron fluyendo Sus versos inspiradores, y Sus enseñanzas llegaron tan lejos como a Egipto y la India.

Una vez, durante este período, Mírzá Yahyá, el celoso medio hermano de Bahá’u’lláh, trató de envenenarlo. Este episodio trágico dejó a Bahá’u’lláh con un temblor que se vio reflejado en Su letra hasta el final de Su vida.

Una copia iluminada del Kitáb-i-Aqdas, encomendada por ‘Abdu’l-Bahá en 1902.

A partir de septiembre de 1867, Bahá’u’lláh escribió una serie de cartas a los líderes del mundo de Su época. En estos escritos proféticos, proclamó abiertamente Su estación y habló de los albores de una nueva época. Antes, sin embargo, advirtió, iban a ocurrir trastornos catastróficos en el orden político y social del planeta. Llamó a los líderes del mundo a defender la justicia y a honrar los derechos de sus súbditos. Pidió que convocaran a una asamblea donde se reunirían y pondrían fin a la guerra. Sólo mediante la acción colectiva, dijo, se podría establecer la paz duradera. Pero Su advertencia cayó en oídos sordos.

La agitación permanente de los opositores de Bahá’u’lláh hizo que el gobierno otomano Lo desterrara por última vez a su colonia penal más infame. Llegó a la ciudad prisión del Mediterráneo de ‘Akká el 31 de agosto de 1868, donde iba a pasar el resto de sus días en la ciudad fortificada y sus alrededores.

Luego de haber sido confinados a una prisión durante más de dos años, Bahá’u’lláh y sus compañeros fueron trasladados más tarde a una casa estrecha dentro de las murallas de la ciudad. Poco a poco, el carácter moral de los bahá’ís –en particular del hijo mayor de Bahá’u’lláh, ‘Abdu’l-Bahá– ablandó los corazones de sus carceleros, y penetró el fanatismo e indiferencia de los habitantes de ‘Akká. Así como sucedió en Bagdad y Adrianópolis, la nobleza del carácter de Bahá’u’lláh se fue ganando la admiración de la comunidad en general, incluyendo algunos de sus líderes.

En ‘Akká, Bahá’u’lláh reveló Su obra más importante, el Kitáb-i-Aqdas (el Libro Más Sagrado), donde delineó las leyes y principios esenciales de Su Fe, y estableció los cimientos de un orden administrativo mundial.

Años finales

La Mansión de Mazra’ih – una de las casas donde vivió Bahá’u’lláh después de Su liberación de la ciudad prisión de Akka.

A finales de la década de 1870, se le concedió a Bahá’u’lláh, todavía un prisionero, un poco de libertad para mudarse fuera de las murallas de la ciudad, lo que permitió que Sus seguidores se reunieran con Él relativamente en paz. En abril de 1890, el Profesor Edward Granville Browne de la Universidad de Cambridge se reunió con Bahá’u’lláh en la mansión cerca de ‘Akká donde había establecido su residencia.

Browne escribió acerca de su reunión: “El rostro de Aquel a Quien contemplé nunca lo podré olvidar y, no obstante, no puedo describirlo. Esos ojos penetrantes parecían leer en mi propia alma; en Su amplia frente había poder y autoridad… ¡No necesitaba preguntar en presencia de Quién me encontraba al inclinarme ante Aquel Que es objeto de una devoción y un amor que los reyes podrían envidiar y por los cuales los emperadores suspiran en vano!”

Bahá’u’lláh falleció el 29 de mayo de 1892. En Su voluntad y testamento, designó a ‘Abdu’l-Bahá como Su sucesor y Cabeza de la Fe Bahá’í – la primera vez en la historia que el Fundador de una religión mundial nombrara a su sucesor en un texto escrito e irrefutable. La selección de un sucesor es una disposición fundamental de lo que se conoce como la “Alianza de Bahá’u’lláh” que permite que la comunidad bahá’í permanezca unida para siempre.