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¿Por qué celebramos el Día Internacional de los Derechos Humanos?

—Madrid, 10 de diciembre de 2020—. Hoy, la Comunidad Bahá’í de España se une a la celebración del 72 cumpleaños de la Declaración Universal de los Derechos Humanos sin olvidar a aquellos que aún sufren persecución y negligencia de sus derechos.

Tras los sufrimientos de la Segunda Guerra Mundial, la conciencia pública experimentó un gran giro. Las mentes progresistas se inspiraron por una sensación de confianza en que sería posible la construcción de una nueva clase de sociedad, la cual, a fin de garantizar una paz mundial duradera, enriquecería la vida de todos sus ciudadanos. Los hechos de los años inmediatamente posteriores a 1945 así lo atestiguan, teniendo lugar en enero de 1946 la primera Asamblea General de las Naciones Unidas en Londres.

El rasgo distintivo de la creación de la ONU era la voluntad demostrada por los gobiernos nacionales de formar un nuevo sistema de orden internacional y dotarlo de la autoridad pacificadora que tan trágicamente le había sido negado a la Sociedad de Naciones. Durante la segunda mitad del siglo XX, el significado de dicha autoridad afloraba en el marco de las relaciones internacionales bajo el principio de actuación colectiva en defensa de La Paz.

El compromiso moral que representaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos quedaba institucionalizado con el posterior establecimiento de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Posteriormente, en 1950, la misma Asamblea propondría la celebración del Día Internacional de los Derechos Humanos en memoria de tal acontecimiento.

El concepto de Derechos Humanos se basa en la comprensión de una identidad compartida entre los seres humanos. De acuerdo con De Souza Santos, «hoy es innegable la hegemonía de los Derechos Humanos como lenguaje de la dignidad humana». Toda persona, independientemente de su condición de género, raza, creencia, credo o nación tiene los mismos derechos y oportunidades en virtud de esa identidad y dignidad compartidas.

El deber del individuo, como ser inteligente dotado de percepción y capacidad morales, es formarse para contribuir al mejoramiento de una sociedad en continuo avance, convirtiéndose así en un agente activo en la transformación individual necesaria para la construcción de una humanidad próspera, moral y materialmente.

Teniendo presente la dimensión moral del ser humano en todas las facetas del quehacer diario, las relaciones individuales y comunitarias adquieren un significado más amplio, donde los términos como libertad, justicia y equidad se redefinen. Esta redefinición no obedece a una demanda como respuesta a la opresión, sino como la convicción de que solo a través de la colaboración y la cooperación entre el conjunto de las naciones, podremos avanzar hacia la Paz y el bienestar.

La familia humana es una y reconocer esta unidad no debería confundirse con la uniformidad. Es más, la diversidad es su mayor logro. Aludiendo a esa diversidad, es destacable el papel de las mujeres que dieron forma a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Una de ellas fue Eleanor Roosevelt, quien afirmó:

«En definitiva, ¿dónde empiezan los derechos humanos universales? En pequeños lugares, cerca de casa; en lugares tan próximos y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa. […] Si esos derechos no significan nada en estos lugares, tampoco significan nada en ninguna otra parte. Sin una acción ciudadana coordinada para defenderlos en nuestro entorno, nuestra voluntad de progreso en el resto del mundo será en vano».

Sería justo recalcar el papel decisivo de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, bajo cuyo amparo millones de individuos y colectivos pueden aspirar a alcanzar o recuperar sus derechos básicos e inherentes a su propia existencia.

La Comunidad Internacional Bahá’í, inscrita desde 1948 como ONG en la ONU, colabora en el ámbito de Derechos Humanos con los organismos especializados, así como con los Estados miembros, organizaciones intergubernamentales y no gubernamentales, académicos y profesionales. Dicha colaboración se ha intensificado desde 1979 como consecuencia de la persecución sistemática de los miembros de la comunidad bahá’í en Irán, a partir del establecimiento de la República Islámica en aquél país. Dicha persecución constituye en el mundo actual uno de los ejemplos más ilustrativos de discriminación religiosa patrocinada por un Estado que no solo afecta a la libertad de conciencia, sino a una plétora de derechos humanos, tanto civiles y políticos como sociales y económicos, tanto en su dimensión individual como colectiva.

A lo largo de las últimas décadas, si no fuera por las resoluciones propuestas por la Comisión de Derechos Humanos y aprobadas por la ONU, la Fe bahá’í en Irán habría sido erradicada por el deseo expreso de su líder supremo, Ali Jamenei, según lo afirma el memorándum secreto firmado por él mismo en 1991.

En aras del reconocimiento y cumplimiento de los 30 artículos contemplados en la Declaración Universal de Derechos Humanos en cada rincón del planeta, la siguiente cita de Bahá’u’lláh nos podría inspirar confianza en el potencial del ser humano para su consecución:

«Sois los frutos de un solo árbol y las hojas de una misma rama. Trataos unos a otros con el mayor amor y armonía, con amistad y compañerismo. Tan potente es la luz de la unidad que puede iluminar toda la Tierra.»

Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pasaje CXXXII, p. 324