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Campus de verano: mucho más que conciliación, una herramienta para promover comunidad

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— Madrid, 1 de septiembre de 2025 —. Durante el verano, la comunidad bahá’í de España ha desarrollado campamentos urbanos para niños y adolescentes en diversas ciudades, proponiendo un espacio educativo y comunitario que va más allá de la simple conciliación familiar. Estos espacios promueven el desarrollo de competencias para la convivencia, como la empatía, la cooperación y el sentido de justicia, a través de actividades educativas, científicas y artísticas que se unen a la puesta en acción a través del servicio comunitario. Asimismo, fomentan la interacción entre participantes de distintas edades, procedencias y nacionalidades, ofreciendo un entorno real de aprendizaje intercultural. La observación de estas dinámicas permite ver cómo la participación colectiva de familias, vecinos, entidades locales y administración pública, contribuye al desarrollo integral de los menores, al tiempo que genera impactos en la cohesión social y la inclusión.

Garrucha (Almería), San Pedro de Alcántara (Marbella), Sevilla, Bilbao, Majadahonda, Madrid, Barcelona, Utebo (Zaragoza), Sabadell y Alicante han sido las ciudades beneficiadas de la iniciativa colectiva de miembros de la comunidad baha’i, familias amigas y entidades sociales cercanas que han estado dispuestas a colaborar en esta iniciativa con más de 500 niños y adolescentes desde los 6 a 15 años. 

Estos espacios también llamados “campus de verano” responden a una necesidad social evidente de conciliación, pero no se limitan a “ocupar el tiempo libre”. Son, sobre todo, escuelas de convivencia, aprendizaje y servicio, en las que los niños y adolescentes refuerzan cualidades humanas, se conectan con su entorno y las familias participan activamente en la vida del barrio. 

“Los campus se han convertido en una herramienta para reforzar la vida comunitaria de los barrios donde se realizan, pues logran reunir en un mismo proyecto a familias, niños, prejóvenes, asociaciones vecinales, entidades sociales y administraciones públicas”, destaca Diego Gaspar organizador del campus de Pinar del Rey. De este modo, no solo se ofrece un entorno seguro y educativo, sino que también se impulsa el desarrollo del barrio como espacio colectivo y se fomenta el crecimiento integral de las nuevas generaciones en un ambiente de cooperación y alegría.

La experiencia de Pinar del Rey (Hortaleza, Madrid)

Con el propósito de ilustrar los aspectos antes mencionados que han sido un común denominador en muchas de las quince experiencias desarrolladas este verano, compartimos el ejemplo concreto del barrio Pinar del Rey en el distrito de Hortaleza en Madrid, que ha organizado el cuarto campus en dos años.

  • Canciones y momentos de reflexión grupal.

Familias del barrio implicadas en el programa

Durante el mes de julio, se organizaron dos campus consecutivos: uno dirigido a niños de 5 a 10 años y, a continuación, otro para prejóvenes. La iniciativa surgió en conversación con las familias del barrio. Desde el inicio, las madres y padres han estado involucrados en elegir las cualidades a trabajar, las actividades complementarias y en dar impulso a este concepto de campus que es mucho más que un recurso de conciliación familiar: son semilleros de cualidades humanas, lazos comunitarios y experiencias educativas únicas.

Las dos semanas de julio donde el calor se hace cada día más intenso en Madrid, no desanimaron a los 45 niños y adolescentes que se daban cita todos los días desde las 8:30 a 14:00, en el antiguo colegio de Hortaleza, para dejarse sorprender con el programa preparado con esmero por las familias y colaboradores invitados.

Cada jornada giró en torno a una cualidad humana: la empatía, la justicia, la veracidad, la confianza, la amistad verdadera o el amor. Estas reflexiones no se quedan en la teoría, sino que se integran en juegos, dinámicas y proyectos de servicio como limpiar jardines del colegio o preparar mensajes creativos para recordar a los vecinos la importancia de recoger los excrementos de sus mascotas, entendiendo que un barrio limpio y cuidado es un beneficio común. La segunda semana del campus se reforzaban los mismos valores pero a través de otras actividades.

El plus de la convivencia intergeneracional e intercultural

Uno de los aspectos más destacados del campus de niños es la convivencia que se generó entre las diferentes edades de participantes, así como de colaboradores e invitados que asistían cada día.

Los mayores de 11 a 13 años apoyaban a los más pequeños en los juegos y talleres, lo que favorece el desarrollo de capacidades como la empatía, la paciencia, la cooperación y el sentido de la responsabilidad. Los más pequeños, a su vez, se sienten acompañados y seguros, aprendiendo de sus compañeros mayores.

Los abuelos, tíos y jóvenes que acudían a realizar experimentos, talleres y brindar apoyo se sentían felices de compartir sus saberes y experiencias. Ese intercambio generaba respeto por parte de los pequeños participantes que se admiraban por las propuetas, al tiempo que fortalecía un lazo afectivo especial con cada uno de los participantes.

En este contexto, también podemos ver cómo se generan interacciones entre distintas procedencias y nacionalidades. Desde la infancia, esta experiencia contribuye a derribar prejuicios y a construir amistades poniendo el foco en la persona y no en su color de piel, su origen o su idioma natal. Lo que a simple vista puede parecer un gesto cotidiano tiene, en realidad, un impacto profundo, pues ayuda a formar generaciones más abiertas, empáticas y comprometidas con la inclusión.

  • Tertulia con Ángel Custodio, de tenerlo todo a vivir en la calle.

Descubrimiento de talentos, profesiones y pasiones

Como se puede observar, las actividades propuestas no se limitan al entretenimiento, sino que están siempre orientadas a un propósito educativo y formativo. En este sentido, los niños tuvieron la oportunidad de acercarse a diferentes profesiones y ámbitos de la vida real, de la mano de personas que compartieron no sólo su conocimiento técnico, sino también su pasión y sus experiencias personales.

Así, un día recibieron la visita de Patricia, cantante vinculada al mundo de los musicales de Disney, que convirtió la sala en un escenario improvisado y puso a todos los niños a cantar, descubriendo el poder de la música como medio de expresión y alegría. Otro día, un taller de ciencias les permitió fabricar nieve artificial y observar reacciones químicas sencillas —como inflar un globo con vinagre y bicarbonato—, despertando la curiosidad científica de muchos de ellos.

El contacto con la naturaleza también estuvo presente: construyeron comederos para pájaros y bombas de semillas, comprendiendo la importancia del cuidado medioambiental y aprendiendo a observar el entorno con otra mirada. En otra ocasión, gracias a una pareja del barrio que son papás de dos niñas participantes en el campus, prepararon hoteles de insectos para favorecer la biodiversidad en el barrio.

Las artes plásticas y manualidades fueron otra vía de exploración: desde acuarelas y marcapáginas artísticos, hasta trabajar la arcilla, hacer papiroflexia o crear pulseras solidarias. Cada propuesta fue un espacio para que los niños conectaran la creatividad con valores como la paciencia, la colaboración o el servicio a otros.

Además, contaron con una introducción a la lengua de signos gracias a Vanesa, quien les enseñó el abecedario dactilológico. Cada participante pudo aprender a deletrear su nombre en señas, lo que abrió la puerta a comprender que el mundo está formado por una gran diversidad de personas y que ponerse en el lugar del otro favorece la empatía y contribuye a construir una sociedad más justa.

Estas experiencias no solo les aportaron nuevas habilidades, sino que ampliaron su horizonte vital: muchos niños entraron en contacto por primera vez con profesiones y realidades que desconocían, lo que les permitió soñar y visualizar posibilidades para su futuro, al mismo tiempo que reforzaban valores humanos en cada encuentro. Una de las familias compartió que este espacio “es una experiencia de comunidad que va más allá del típico campamento de verano”.

Versión adaptada de la canción de El Rey León, con letra propia inspirada en la experiencia del campus

El campus de prejóvenes: reflexión y servicio

Tras las dos semanas con los niños, llegó el turno de los adolescentes o prejóvenes como solemos llamarles a los chavales entre 11 y 15 años,  con actividades diseñadas para responder a su etapa de crecimiento. Además de dinámicas y deportes, reflexionaron sobre la unidad en la diversidad, la perseverancia, el respeto y el servicio al barrio. El nivel de reflexión con este rango de edad, se vuelve mucho más profundo. Su capacidad de pensamiento crítico, de alto sentido de la justicia, dan la oportunidad de generar conversaciones edificantes. 

Entre las experiencias más significativas destacó la visita de Ángel Custodio, quien compartió con los prejóvenes su historia de superación tras haber vivido en la calle. Su testimonio despertó profundas reflexiones: aprender a valorar lo que tenemos, reconocer la dignidad de las personas sin hogar más allá de los prejuicios y descubrir que todos podemos aportar, aunque sea con un pequeño gesto, al bien común. Una de las madres compartía que “ha sido muy interesante y les ha hecho ver la realidad de su entorno y la suerte que tienen”.

Movidos por esta inspiración, los prejóvenes escribieron cartas y prepararon regalos para personas en situación de sinhogarismo, cultivando en sí mismos un fuerte sentido de solidaridad. Además, emprendieron un proyecto de servicio colectivo: la elaboración de pulseras y collares con el fin de recaudar fondos en beneficio de una Fundación sin ánimo de lucro del ámbito de las personas en situación de calle.

Un proyecto sostenido por la comunidad

Un elemento a destacar es que este modelo de campus solo es posible gracias al esfuerzo colectivo. Dieciocho personas han estado implicadas en la organización y evaluación, y otras veintidós colaboraron ofreciendo manualidades, talleres de ciencias, arte o distintos servicios. Otras doce personas estuvieron involucradas en la preparación del Campus de prejóvenes. La Junta Municipal de Distrito de Hortaleza y la Asociación Pueblo de Hortaleza cedieron los espacios, y hasta cinco entidades y una cafetería del barrio se sumaron al proyecto, ofreciendo recursos como agua, zumos o incluso organizando una fiesta final.

El director de Participación Ciudadana de la Junta de Distrito de Hortaleza nos transmitió su confianza y convicción de que este esfuerzo colectivo no sólo tiene valor hoy, sino que contribuirá a mejorar nuestro entorno y fortalecer la vida de la comunidad.

Frutos que permanecen

Más allá de los días de vacaciones, los frutos de los campus se proyectan en el tiempo y forman parte de un proceso más amplio de desarrollo comunitario que continúa durante todo el año. En diferentes barrios y ciudades, la comunidad bahá’í impulsa actividades regulares con niños, prejóvenes y familias, apoyadas por el Instituto Bahá’í de Capacitación y Desarrollo Comunitario. Muchos de los participantes ya forman parte de este proceso, mientras que otros, tras vivir la experiencia del campus, deciden sumarse a él. De este modo, los campus no se conciben como eventos aislados, sino como puertas de entrada y puntos de encuentro que refuerzan el tejido comunitario. 

Este espíritu se refleja en cada edición, que se convierte en una experiencia irrepetible porque se nutre de los talentos, la creatividad y la generosidad de vecinos y familias que, de manera voluntaria, ponen su tiempo y capacidades al servicio del bien común. Así, lo que podría ser un simple espacio de conciliación se transforma en proyecto comunitario que une a familias, vecinos y entidades en torno al desarrollo de los menores.

Si estás interesado en participar o conocer más detalles de estás actividades, escríbenos a informacion@bahai.es